lunes, 18 de mayo de 2009
viernes, 15 de mayo de 2009
EL CRACK DE 1929. ¿SIMILITUDES AL 2008? (1ª PARTE)
El miércoles 23 de octubre de 1929, la Bolsa de NUeva York sufrió un gran golpe al bajar en una sola sesión 31 puntos (casi un 7%). Aquel día sólo fue un augurio de lo que pasaría al día siguiente: el fatídico y recordado Jueves Negro de Wall Street. Salió tanto papel de golpe que los precios empezaron a caer de forma incontrolada. La Bolsa entró en caída libre; los agentes de Bolsa pedían desesperados garantías para aquellos títulos que se habían comprado a crédito, (es decir, mucha gente se había endeudado para comprar acciones) pero obviamente, nadie podía cubrirlos.
Los mismos agentes de Bolsa, para cubrir esas pérdidas, vendían más acciones provocando nuevas bajadas. Todo esto, en una época sin ordenadores, cuando aún se trabajaba a voz en grito en los corros. La sesión fue una auténtica jaula de grillos donde los nervios estaban a flor de piel.
Empezaron a circular rumores de suicidios y la gente de la calle, curiosa, empezó a entrar en las instalaciones o acumularse en la calle.
Es famosa la cita de Groucho Marx: " Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo...se suicidó. "
La policía tuvo que intervenir para disperarlos. Aquéllo fue un caos. Pero curiosamente, en un nuevo atisbo de locura bursátil, cuando todos acumulaban pérdidas, aparecieron las primeras compras. Cinco grandes banco invirtieron en grandes cantidades. Al final de aquel Jueves Negro, la caída fue tan sólo de 12 puntos, apenas nada, pero de por medio, había dejado en la más completa ruina a muchas familias americanas.
Pero la Bolsa se quedó tocada por la desconfianza. El lunes 28 de octubre, la Bolsa cayó 49 puntos pero el que pasó a la Historia fue el Martes Negro. Aquel dia se vendieron más de 16 millones de títulos, el record de ventas, y el índice cayó 43 puntos. No fue solamente aquel dia el que acabó arruinando a bancos, empresas o inversores particulares. Fue aquella sucesión de caídas vertiginosas, las que acumuladas, tumbaron a las grandes fortunas. En pocos días, la Bolsa norteamericana había perdido un 25% de su valor, casi cinco mil millones de dólares de la época.
Y como ocurre en las grandes crisis, si aquel fue el culmen en una sola sesión, no fue ni mucho menos el mínimo que se alcanzó. A mediados de noviembre la Bolsa norteamericana ya había perdido la mitad de su valor. En apenas un mes había pasado de 415 a 224 puntos, y así hasta que su mínimo histórico lo marcó el 8 de junio de 1932, más de 2 años y medios después de continuas bajadas, que dejaron finalmente el índice norteamericano en ¡¡58 puntos!!.
Se descubrieron fraudes hechos por quienes pensaban que podian sacar dinero de las empresas, invertirlo, ganar y devolverlo rapidamente a la empresa, hubo familias enteras arruinadas, hubo suicidios masivos, quiebras bancarias, cerraron mas de 4.200 entidades bancarias dejando sin fondos a quienes en ella tenían sus ahorros…
Los mismos agentes de Bolsa, para cubrir esas pérdidas, vendían más acciones provocando nuevas bajadas. Todo esto, en una época sin ordenadores, cuando aún se trabajaba a voz en grito en los corros. La sesión fue una auténtica jaula de grillos donde los nervios estaban a flor de piel.
Empezaron a circular rumores de suicidios y la gente de la calle, curiosa, empezó a entrar en las instalaciones o acumularse en la calle.
Es famosa la cita de Groucho Marx: " Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo...se suicidó. "
La policía tuvo que intervenir para disperarlos. Aquéllo fue un caos. Pero curiosamente, en un nuevo atisbo de locura bursátil, cuando todos acumulaban pérdidas, aparecieron las primeras compras. Cinco grandes banco invirtieron en grandes cantidades. Al final de aquel Jueves Negro, la caída fue tan sólo de 12 puntos, apenas nada, pero de por medio, había dejado en la más completa ruina a muchas familias americanas.
Pero la Bolsa se quedó tocada por la desconfianza. El lunes 28 de octubre, la Bolsa cayó 49 puntos pero el que pasó a la Historia fue el Martes Negro. Aquel dia se vendieron más de 16 millones de títulos, el record de ventas, y el índice cayó 43 puntos. No fue solamente aquel dia el que acabó arruinando a bancos, empresas o inversores particulares. Fue aquella sucesión de caídas vertiginosas, las que acumuladas, tumbaron a las grandes fortunas. En pocos días, la Bolsa norteamericana había perdido un 25% de su valor, casi cinco mil millones de dólares de la época.
Y como ocurre en las grandes crisis, si aquel fue el culmen en una sola sesión, no fue ni mucho menos el mínimo que se alcanzó. A mediados de noviembre la Bolsa norteamericana ya había perdido la mitad de su valor. En apenas un mes había pasado de 415 a 224 puntos, y así hasta que su mínimo histórico lo marcó el 8 de junio de 1932, más de 2 años y medios después de continuas bajadas, que dejaron finalmente el índice norteamericano en ¡¡58 puntos!!.
Se descubrieron fraudes hechos por quienes pensaban que podian sacar dinero de las empresas, invertirlo, ganar y devolverlo rapidamente a la empresa, hubo familias enteras arruinadas, hubo suicidios masivos, quiebras bancarias, cerraron mas de 4.200 entidades bancarias dejando sin fondos a quienes en ella tenían sus ahorros…
EL CONDE SISEBUTO.
Tragicomedia para una sobremesa...:)
(Me quedo con la frase de "Hija soy de Sisebuto, desde mi más tierna infancia...)
Espero que al menos os arranque una sonrisa.
A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto.
Perteneció a un gran señor
algo feudal y algo bruto;
se llamaba Sisebuto,
y su esposa, Leonor,
y Cunegunda su hermana,
y su madre Berenguela,
y una prima de su abuela
atendía por Mariana.
Y su cuñado, Vitelio,
y Cleopatra su tía,
y su nieta Rosalía,
y el hijo mayor, Rogelio.
Era una noche de invierno,
noche cruda y tenebrosa,
noche sombría, espantosa,
noche atroz, noche de infierno,
noche fría, noche helada,
noche triste, noche oscura,
noche llena de amargura,
noche infausta, noche airada.
En un gótico salón
dormitaba Sisebuto,
y un lebrel seco y enjuto
roncaba en el portalón.
Con quejido lastimero
el viento fuera silbaba,
e imponente se escuchaba
el ruido del aguacero.
Cabalgando en un corcel
de color verde botella,
raudo como una centella
llega al castillo un doncel.
Empapada trae la ropa
por efecto de las aguas,
¡como no lleva paraguas
viene el pobre hecho una sopa!
Salta el foso, llega al muro,
la poterna está cerrada.
- ¡Me ha dado mico mi amada!
-exclama-. ¡Vaya un apuro!
De pronto, algo que resbala
siente sobre su cabeza,
extiende el brazo, y tropieza
¡con la cuerda de una escala!
- ¡Ah!... -dice con fiero acento.
- ¡Ah!... -vuelve a decir gozoso.
- ¡Ah!... -repite venturoso.
- ¡Ah!... -otra vez, y así, hasta ciento.
Trepa que trepa que trepa,
sube que sube que sube,
en brazos cae de un querube,
la hija del conde... la Pepa.
En lujoso camarín
introduce a su adorado,
y al notar que está mojado
le seca bien con serrín.
- Lisardo... mi bien, mi anhelo,
único ser que yo adoro,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo,
¿qué sientes, di, dueño mío?,
¿no sientes nada a mi lado?,
¿que sientes, Lisardo amado?
Y él responde: - Siento frío.
- ¿Frío has dicho? Eso me espanta.
¿Frío has dicho? eso me inquieta.
No llevarás camiseta
¿verdad?... pues toma esta manta.
- Y ahora hablemos del cariño
que nuestras almas disloca.
Yo te amo como una loca.
- Yo te adoro como un niño.
- Mi pasión raya en locura,
si no me quieres, me mato.
- La mía es un arrebato.
si me olvidas, me hago cura.
- ¿Cura tú? ¡Por Dios bendito!
No repitas esas frases,
¡en jamás de los jamases!
¡Pues estaría bonito!
Hija soy de Sisebuto
desde mi más tierna infancia,
y aunque es mucha mi arrogancia,
y aunque es un padre muy bruto,
y aunque temo sus furores,
y aunque sé a lo que me expongo,
huyamos... vamos al Congo
a ocultar nuestros amores.
- Bien dicho, bien has hablado,
huyamos aunque se enojen,
y si algún día nos cogen,
¡que nos quiten lo bailado!
En esto, un ronco ladrido
retumba potente y fiero.
- ¿Oyes? -dice el caballero-,
es el perro que me ha olido.
Se abre una puerta excusada
y, cual terrible huracán,
entra un hombre..., luego un can...,
luego nadie..., luego nada...
- ¡Hija infame! -ruge el conde.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor?
¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?
Y tú, cobarde villano,
antipático, repara
cómo señalo tu cara
con los dedos de mi mano.
Después, sacando un puñal,
de un solo golpe certero
le enterró el cortante acero
junto a la espina dorsal.
El joven, naturalmente,
se murió como un conejo.
Ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.
También quedó el conde loco
de resultas del espanto,
y el perro... no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.
Desde aquel día de horror
nada se volvió a saber
del conde, de su mujer,
la llamada Leonor,
de Cunegunda su hermana,
de su madre Berenguela,
de la prima de su abuela
que atendía por Mariana,
de su cuñado Vitelio,
de Cleopatra su tía,
de su nieta Rosalía
ni de su chico Rogelio.
Y aquí acaba la leyenda
verídica, interesante,
romántica, fulminante,
estremecedora, horrenda,
que de aquel castillo viejo
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo.
(Me quedo con la frase de "Hija soy de Sisebuto, desde mi más tierna infancia...)
Espero que al menos os arranque una sonrisa.
A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto.
Perteneció a un gran señor
algo feudal y algo bruto;
se llamaba Sisebuto,
y su esposa, Leonor,
y Cunegunda su hermana,
y su madre Berenguela,
y una prima de su abuela
atendía por Mariana.
Y su cuñado, Vitelio,
y Cleopatra su tía,
y su nieta Rosalía,
y el hijo mayor, Rogelio.
Era una noche de invierno,
noche cruda y tenebrosa,
noche sombría, espantosa,
noche atroz, noche de infierno,
noche fría, noche helada,
noche triste, noche oscura,
noche llena de amargura,
noche infausta, noche airada.
En un gótico salón
dormitaba Sisebuto,
y un lebrel seco y enjuto
roncaba en el portalón.
Con quejido lastimero
el viento fuera silbaba,
e imponente se escuchaba
el ruido del aguacero.
Cabalgando en un corcel
de color verde botella,
raudo como una centella
llega al castillo un doncel.
Empapada trae la ropa
por efecto de las aguas,
¡como no lleva paraguas
viene el pobre hecho una sopa!
Salta el foso, llega al muro,
la poterna está cerrada.
- ¡Me ha dado mico mi amada!
-exclama-. ¡Vaya un apuro!
De pronto, algo que resbala
siente sobre su cabeza,
extiende el brazo, y tropieza
¡con la cuerda de una escala!
- ¡Ah!... -dice con fiero acento.
- ¡Ah!... -vuelve a decir gozoso.
- ¡Ah!... -repite venturoso.
- ¡Ah!... -otra vez, y así, hasta ciento.
Trepa que trepa que trepa,
sube que sube que sube,
en brazos cae de un querube,
la hija del conde... la Pepa.
En lujoso camarín
introduce a su adorado,
y al notar que está mojado
le seca bien con serrín.
- Lisardo... mi bien, mi anhelo,
único ser que yo adoro,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo,
¿qué sientes, di, dueño mío?,
¿no sientes nada a mi lado?,
¿que sientes, Lisardo amado?
Y él responde: - Siento frío.
- ¿Frío has dicho? Eso me espanta.
¿Frío has dicho? eso me inquieta.
No llevarás camiseta
¿verdad?... pues toma esta manta.
- Y ahora hablemos del cariño
que nuestras almas disloca.
Yo te amo como una loca.
- Yo te adoro como un niño.
- Mi pasión raya en locura,
si no me quieres, me mato.
- La mía es un arrebato.
si me olvidas, me hago cura.
- ¿Cura tú? ¡Por Dios bendito!
No repitas esas frases,
¡en jamás de los jamases!
¡Pues estaría bonito!
Hija soy de Sisebuto
desde mi más tierna infancia,
y aunque es mucha mi arrogancia,
y aunque es un padre muy bruto,
y aunque temo sus furores,
y aunque sé a lo que me expongo,
huyamos... vamos al Congo
a ocultar nuestros amores.
- Bien dicho, bien has hablado,
huyamos aunque se enojen,
y si algún día nos cogen,
¡que nos quiten lo bailado!
En esto, un ronco ladrido
retumba potente y fiero.
- ¿Oyes? -dice el caballero-,
es el perro que me ha olido.
Se abre una puerta excusada
y, cual terrible huracán,
entra un hombre..., luego un can...,
luego nadie..., luego nada...
- ¡Hija infame! -ruge el conde.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor?
¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?
Y tú, cobarde villano,
antipático, repara
cómo señalo tu cara
con los dedos de mi mano.
Después, sacando un puñal,
de un solo golpe certero
le enterró el cortante acero
junto a la espina dorsal.
El joven, naturalmente,
se murió como un conejo.
Ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.
También quedó el conde loco
de resultas del espanto,
y el perro... no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.
Desde aquel día de horror
nada se volvió a saber
del conde, de su mujer,
la llamada Leonor,
de Cunegunda su hermana,
de su madre Berenguela,
de la prima de su abuela
que atendía por Mariana,
de su cuñado Vitelio,
de Cleopatra su tía,
de su nieta Rosalía
ni de su chico Rogelio.
Y aquí acaba la leyenda
verídica, interesante,
romántica, fulminante,
estremecedora, horrenda,
que de aquel castillo viejo
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo.
viernes, 1 de mayo de 2009
Fantástica carrera de María Luzón
Extraordinaria victoria de María Luzón en 100 metros vallas .
Enhorabuena campeona.
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